 | Una afección repentina:
La historia de Susan
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43 |
| Empleo: |
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Arquitecta autónoma |
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$50,000 al año |
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$30,000 en una cuenta de jubilación (IRA) |
| Discapacidad: |
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Traumatismo cerebral |
Por fin parecían verse prometedoras las cosas para Susan, al menos en lo que se refiere a su vida profesional. Cuatro años atrás, había renunciado a su puesto en un importante estudio de arquitectos para trabajar en forma independiente. Aunque ganaba un buen salario en su empleo previo, nunca lo era con creces. Para aumentar "sus ganancias potenciales", como diría su contadora, tendría que asumir un riesgo, es decir, abrir su propio estudio de arquitectos. Al principio, esta madre soltera de 43 años se sintió completamente abrumada. Comenzar un nuevo negocio consumía mucho tiempo y esfuerzo y le dejaba muy poco de estos dos anteriores al final del día para su hijo de 13 años Griffin. Desde la muerte de su marido cuando Griffin tenía seis años, lo había tenido que criar sola.
Griffin se quejaba que ella estaba mucho tiempo fuera de la casa. "Lo sé, querido", Susan suspiraba, "pero tienes que creerme que estoy haciendo esto por nosotros dos. Cuando me establezca, tendré mucho más tiempo y dinero".
Sin embargo, lo cierto era que ella no estaba ganando mucho más dinero en efectivo. Su ingreso bruto era de unos $50,000 al año; y solo unos seis meses antes había tenido que reorganizar su nuevo negocio. En este proceso, canceló su cobertura médica para ahorrar dinero. Sin duda, su trabajo como independiente no había marchado muy bien. Su contadora al menos se había asegurado de que Susan invirtiera dinero para su jubilación y el fondo para los estudios universitarios de Griffin. Pero en los últimos meses, parecía que las cosas habían dado un giro positivo. Susan consiguió un par de clientes decentes, entre ellos un distrito de escuelas primarias que tenía suficiente dinero para la construcción.
 | |  | | Susan patinó contra el camellón a unas 60 millas por hora. | |  | |  | Cuando volvía a su casa de una reunión con un cliente una noche lluviosa, Susan se encontraba de bastante buen humor. Buscó en las distintas estaciones de radio y estaban pasando la canción "I love a rainy night" de Eddie Rabbit. La canción le dio una sensación de placer que hizo sentir vergüenza a Susan; sus refinados amigos arquitectos se burlarían de ella si supieran que a ella le gustaba algo tan cursi. Al principio, tarareó la canción, casi avergonzada de sí misma, pero cuando escuchó el estribillo, no pudo aguantar más y cantó también: "Well, I love a rainy night". Luego lo único que supo es que no pudo controlar el auto, el cual patinó contra el camellón a unas 60 millas por hora. La imagen de su marido muerto le cruzó por la mente, ¿se iba a reunir con él del otro lado? Entonces pensó en Griffin, no podía dejarlo. Cuando llegaron los paramédicos, estaba inconsciente.
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